lunes, 10 de mayo de 2010

Odiar(te).

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Odio el puto correo, odio que te hayas ido, odio mi corazón, asomado como un niño de puntillas a la baranda de la esperanza. Odio los geranios que nunca se mueren aunque no los cuides. Odio el rito de escribirte. Odio esta luz ambigua que recuerda la tarde y advierte la noche. Odio las teles de los vecinos. Odio fumar deprisa en esta sala de espera donde nadie te llama. Odio este tigre que llevo dentro, que cuando no come lo que esperaba se revuelve y me devora las entrañas. Odio que se termine el gel y el café. Odio los aviones, prepotentes listillos que jamás podrán ser pájaros, y aunque se llenen la barriga de hombres, tampoco podrán ser hombres. Odio a todos los carteros currándose las calles, arrastrando un carro amarillo con desgana. Odio no haber recibido tu carta. Odio pensar que se restriega con otras en un saco deprimente. Odio las manos del funcionario que la toque. Odio la oquedad estéril de mi buzón sin ella.
Mis ojos corren por la estancia como los de un lobo. Noto mi sangre haciendo ruido por las venas; golpeando sus paredes. Se resiste a esos túneles estrechos. El cuerpo le aprieta. Quiere desbordarse. Un bolígrafo, un papel y tú. Cuánto me gustaría tener tu carta. Un mordisco en el pecho por este tigre que me ha quitado la esperanza de mañana sábado. La noche es larga y por muchas patadas que la de en el culo, no corre más. Me ha llamado Leo para salir, pero no me apetece. No tengo ni un bote de cerveza para acunarme. Ni fuerzas para bajar a por él. No tengo bragas que me sujeten este llanto. Ni labios que me cosan la boca a besos. Pienso en ti con la sangre queriendo desbordarse. Me masturbo mirando tu foto. Me masturbo con tristeza. Me masturbo con amor. Me masturbo con rabia. Me masturbo con ternura. Me masturbo con miedo. Me duele el cuerpo de esperarte.

BELEN REYES.

2 comentarios:

la mary dijo...

Fóllame, le dijo, y se tendió desnuda en la cama, sin decir amor mío, ni te quiero ni angustia de querencia. Sobraban todo biombo de cariño: ahora el paisaje era fácil, sin obstáculos, sin indirectas, sin seducciones implícitas. Se acabaron las caricias de sauce y las almohadas de candor. Fóllame ya, repitió.

Él se sacó un peine del bolsillo de la camisa, se repasó la raya del pelo en dos gestos y se miró en el espejo para comprobar que el resultado era el deseado. Después, se aflojó la corbata y, tras desabrocharse dos botones de la camisa, puso los gemelos sobre la cómoda. Uno. Y luego otro. Sacudió la americana, repleta de noche, y la colocó en la silla que tenía más cerca de él, evidenciando que las hombreras quedaran perfectamente alienadas. Tras deshacerse del cinturón, de los zapatos y de los calcetines, paralelos a la cómoda, dejó los pantalones, doblados por su centro geométrico, junto a la chaqueta. Lo último fueron, obvio, los calzoncillos, que acabaron sobre los pantalones como si no pudieran estar en otro lugar, y las gafas, cuyas patillas abrazaron los gemelos.

Después buscó a su amante, que yacía retorcida de humedad; cómo te deseo, pronunció.

Pero, al no encontrarla, se durmió.

Ella repitió fóllame ya y lo buscó con el tacto.

Pero, al no encontrarlo, se durmió.

Egoitz Azcona dijo...

Fan del texto y de la primera foto!
(: